Her. La tecnología no nos salva.

Me encantó HER de Spike Jonze. Su calidad como película quedó explicitada con sus tantas nominaciones al Oscar y también por las interesantes reflexiones que suscitó. Her invita a pensar:

Julieta Montero para Blogs de La Nación «Sólo una pantalla, un espejo…»
Juan Terranova para Revista Paco «El héroe fóbico»
Ray Kurzweil en su blog A review of Her

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La tecnología nos muestra.

Coincido con el cuestionamiento de Terranova sobre la crítica a la tecnología de parte de Jonze en tanto factor de desconexión «el mundo es y estamos mejor con Internet. Facebook mata Samantha». Resulta realmente paradojal que acusemos a una tecnología que facilita la conexión de las dificultades de conectarnos que tenemos las personas. El medio es el mensaje pero el medio no es el culpable de nuestros límites, «seguimos en el mundo de la lengua, la castración y la represión donde impera el malentendido. Somos seres humanos y encontraríamos la forma de alienarnos en cualquier entorno tecnológico» sic Terranova.

En cuanto a críticas futurísticas, creo que Her puede ser una crítica al excesivo confort. En esa total naturalización de la tecnología con el entorno, surge una ciudad desprovista de violencia, un asfalto que no pesa, un afuera sin clima. Son existencias de cromaquí. La vida necesita olor a podrido, si no se parece más a la muerte.

En Her las personas caminan hablando solas. Salteemos entonces la crítica errada a la alienación que puede provocar la tecnología, observemos los problemas que puede causar su transparencia. Las personas caminamos hablando solas, solo que no se ve. En la película de Jonze, ese diálogo interno se hace público al entablarse con sistemas operativos mediante auriculares. Esta transparencia es muy significativa y me parece un logro cómo Her la pone de relieve. Algo que está haciendo la tecnología al dejarnos ver es, por ejemplo, causando nuevos tipos de discusiones dado que nos permite ver que un mensaje que enviamos es leído (doble check) y no contestado de inmediato («volvió a entrar a whatsapp hace 5 minutos y aún no me contestó»). Conocer los tiempos de alguien es tener acceso a su intimidad, la tecnología nos permite borrar barreras del mundo interior que tal vez sean necesarias. Creo que hay algo provocador en HER al mostrar de manera pública la intimidad. Que Theodore trabaje como escritor en una empresa que presta el servicio de escribir cartas de amor, habla no sólo de la extrañeza frente a la necesidad de mediatización para expresarse, sino también de la alarma frente a un espacio de intimidad vedado. Igual, de nuevo, no es culpa de la tecnología que nos enoje que alguien no haga lo que queremos cuando queremos que lo haga. La tecnología hoy sólo nos transparenta, nos muestra más cómo somos.

La tecnología garantiza la conexión, no su éxito.

Del tecnoanálisis de Ray Kurzweil rescato su valoración de la propuesta de Jonze en tanto plantea la posibilidad absolutamente real de amor entre un humano y un sistema operativo. ¿Qué puede tener de extraño que amemos a un sistema operativo cuando somos capaces de amar a escritores, músicos y pintores a través de sus obras? Más posible es si esa obra humana contesta y tiene la voz de Scarlett Johansson, diciendo casi siempre lo correcto. Las relaciones unilaterales que somos capaces de tener con famosos, los vínculos recíprocos y no-recíprocos que establecemos en las redes sociales, todas son muestras de que ante todo establecemos vínculos, a veces no importa mucho con qué o con quién. La tecnología cada vez nos da más posibilidades de conectarnos, o sea, de vincularnos, y esto habla más de nuestra necesidad de cercanía y de nuestro dolor frente a la imposibilidad de lograrlo que de la responsabilidad que tiene determinada tecnología sobre nuestros fracasos.

No hay tecnología que nos salve.

Her es una película de amor y a mí, claro, me hizo pensar en eso. Se trata de una historia que cuenta la escisión entre amor y erotismo, la imposibilidad de unirlos: el encuentro amoroso de Theodore con Samantha (su sistema operativo) es posible porque este encuentro no explota en el cuerpo, el erotismo se haya controlado en la dimensión semántica, sin el riesgo de provocar los descontroles que ocurren cuando alcanza a los huesos. Jonze muestra a Theodore incapacitado de vincularse con otro cuerpo: sale con una bomba a la que le corta el mambo en medio de cachondos besos, su ex mujer lo acusa de no poder vincularse con una persona real y cuando Samantha intenta corporalizar su encuentro a través de una joven freak dispuesta a ser el punte de carne entre ellos, tampoco puede concretarlo.

Al matrimonio occidental le venimos pidiendo que solucione esta separación, que nos integre permitiéndonos vivir amor y erotismo con una misma persona y a lo largo del tiempo. Theodore firma su divorcio porque no lo logró. Amy, su vecina y amiga, se separa liberándose de un matrimonio desgastado por la convivencia y comienza una relación que la potencia, también con un sistema operativo.

El final «feliz» de la película es que Theodore y Amy se encuentran en la última escena en una terraza, devastados ambos por haber sido abandonados por sus respectivos sistemas operativos, expuestos a tener que dar un salto al vacío: tocarse.
Nada nuevo bajo el sol, no? Una película de amor que pone de relieve su contracara: el imposible.

Me interesan las preguntas que abre Julieta Montero en su reflexión acerca de HER, pero más que preguntarme «¿Qué significa estar juntos hoy?», me pregunto algo nada original: cómo.

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